Por: Nicole Szucs
Te damos la bienvenida a nuestra nueva serie mensual: Habilidades de Consumo Consciente y Activo. Cada mes, exploraremos una herramienta que nos ayude a dejar de ser engranajes de un sistema que no siempre nos beneficia, para convertirnos en consumidoras y consumidores activos, críticos, que toman decisiones informadas para cuidar nuestros territorios, nuestros cuerpos y nuestras economías locales. Y hoy, empezamos por el principio: la información.
¿Te has detenido a pensar, en tu última comida, de dónde vino cada ingrediente? ¿Quién cultivó la papita de tu almuerzo? ¿Cuántas veces se fumigó el tomate de tu salsa? ¿Y el pan que acompaña tu plato, cómo se transformó hasta llegar a tu mesa?
Puede sonar a preguntas simples, pero en un sistema que nos empuja a consumir y existir de forma rápida y pasiva, hacerlas es un acto esencial para transformar nuestras realidades. Y es de eso de lo que queremos hablarte este mes.
¿Por qué nos conviene informarnos sobre nuestra alimentación?
El sistema alimentario dominante no quiere que pensemos y que nos cuestionemos. Le conviene que seamos personas que no pregunten y que consuman lo que tienen al frente, seducidas por un empaque bonito, una campaña de marketing millonaria o la conveniencia de lo rápido.
Pero, ¿a quién beneficia realmente nuestra falta de curiosidad? Principalmente, a las grandes corporaciones, agroindustria y multinacionales. Mientras menos sepamos, más fácil es posicionar sus productos, dejando en la sombra a las familias productoras, emprendimientos locales y todas esas manos que trabajan la tierra y transforman los alimentos con un impacto social y ambiental positivo.
¿Por qué importa conocer de dónde vienen nuestros alimentos?
Porque detrás de cada producto hay una historia con impactos sociales, ambientales y económicos. Y conocer esa historia es una gran herramienta cuando nos toca elegir qué consumir, y al final, a quién darle nuestros recursos.
No es lo mismo consumir una fruta producida fuera de temporada en un monocultivo industrial, cargada de agroquímicos y transportada desde miles de kilómetros, que consumir la misma fruta, pero de temporada, producida por una familia campesina cercana con prácticas que cuidan la tierra y tu salud.
La regla general (con excepciones, claro): mientras más cerca esté la producción de alimentos de ti y más posibilidades tengas de conocerla, más probable es que sea más saludable, justa y sostenible.
Pensemos en un ejemplo: un chocolate barato que viene de un país lejano. ¿Sabemos realmente si el pago a quienes cultivaron el cacao fue justo? ¿Qué pasó con los residuos de su producción? ¿Podemos siquiera asegurar que tiene un porcentaje significativo de cacao y no solo azúcar , grasas y aditivos? ¿Y el impacto ambiental de todo ese transporte? Y finalmente ¿Cuál puede ser el impacto a nuestra salud?
Si vemos que en nuestro territorio (Bolivia) tenemos una gran producción de cacao, tanto nativo como híbrido, podemos conocer a los emprendimientos que usan este cacao, ver videos y fotos de los espacios de producción e incluso ir a conocer estos espacios.
Informarnos no se trata de convertirnos en consumidores perfectos (¡no existen!), sino de tomar decisiones con los ojos abiertos, con información verificada y con conocimiento de nuestras opciones, sus beneficios y también sus desventajas. Si no tenemos otra opción que comprar el chocolate del país lejano, al menos lo hacemos sabiendo lo que comemos y las consecuencias que puede tener en nuestra salud y en el entorno. Eso ya es un acto de responsabilidad.
¿Qué viene después de informarse?
Esta es solo la primera habilidad, la base de todo. Informarnos es la llave que abre la puerta a un consumo más activo y consciente. En los próximos meses, exploraremos qué hacer con esa información: cómo priorizar, cómo elegir, cómo exigir y cómo participar activamente para construir, junto a otras personas, un sistema alimentario más justo y saludable.
Porque, al final, informarnos nos da el poder de tomar decisiones que generen impactos positivos en nuestra salud, en el medio ambiente y en la sociedad. O, al menos, que tengan la menor cantidad de efectos negativos posibles.
¿Te animas a empezar hoy?
La próxima vez que vayas a la tienda o al mercado, elige un solo producto y pregúntate: ¿De dónde viene? ¿Quién lo produjo?
Te sorprenderá lo que puedes descubrir.
Habla con tu casera, pregunta el origen de tus alimentos, sin juzgar, solo con ganas de conocer y descubrir lo que está a nuestro alrededor y lo que ingerimos.
Esta curiosidad te abrirá a un mundo de posibilidades.
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