Por: Viviana Zamora
En medio de un escenario marcado por la crisis climática, las desigualdades sociales y la pérdida de biodiversidad, los sistemas alimentarios se han convertido en el centro de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Las respuestas no siempre llegan desde los mercados globales ni desde las grandes políticas internacionales; surgen, más bien, de las pequeñas acciones cotidianas y de las comunidades que se organizan para producir, compartir y consumir de otra manera. En este horizonte se inscribe el proyecto Creciendo Juntos y Juntas, una experiencia que, desde Bolivia, se propuso tejer redes locales capaces de unir el campo con la ciudad, de acercar a mujeres productoras con familias consumidoras, y de enlazar prácticas ancestrales con formas innovadoras de organización. Esa trama de vínculos, confianza y aprendizajes colectivos ha sido y continuará siendo la base para aportar a la construcción de sistemas alimentarios más sostenibles, resilientes e inclusivos.
Desde sus primeros pasos, el proyecto apostó por un principio simple y poderoso: la transformación se construye colectivamente. En lugar de plantear soluciones externas, el proceso partió de los saberes locales, del diálogo y de la convicción de que la comida que llega a nuestras mesas es el resultado de un sistema vivo que involucra a muchas manos. Productoras agroecológicas, recolectoras de saberes y semillas, jóvenes voluntarios, familias urbanas y emprendimientos gastronómicos se encontraron en un mismo camino. Lo que surgió de allí fue un entramado diverso de iniciativas y aprendizajes que hoy permiten hablar de un verdadero aporte a los sistemas alimentarios sostenibles en Bolivia.
“Con este apoyo que nos dieron sentimos cambios porque nos ayudaron e incentivaron a producir. Antes se estaba perdiendo la cultura de sembrar, pero ahora volvimos a cultivar y proteger nuestro propio alimento”
dijo Eugenia, presidenta de la Central de Mujeres de Caranavi. Su testimonio resume el corazón de la experiencia: recuperar la cultura de producir alimentos propios, fortalecer la autonomía y resignificar el vínculo con la tierra. No se trata solo de garantizar comida en la mesa, sino de asegurar que esa comida sea saludable, diversa y en armonía con el entorno.
El aporte de estas acciones al sistema alimentario local puede comprenderse en varias dimensiones que, al entrelazarse, conforman una visión integral. La primera es la recuperación y protección de cultivos tradicionales. En un contexto donde la agricultura industrial desplaza especies nativas y homogeneiza las dietas, volver a producir walusa, yuca, cacao o majo no es un gesto menor. Es un acto de resistencia cultural y ambiental. Cada cultivo recuperado significa también la revitalización de prácticas de cuidado, de memoria comunitaria y de biodiversidad alimentaria. “Aunque todavía producimos poco, sentimos orgullo porque es un alimento limpio, nuestro. La gente lo valoró y eso nos dio fuerzas para seguir”, contó Asunta Tapia, agricultora de Ayata. Sus palabras revelan que el valor de estos alimentos no se mide únicamente en toneladas, sino en identidad, dignidad y soberanía.
La organización comunitaria
Una dimensión de esta incidencia ha sido la organización comunitaria. Los sistemas alimentarios sostenibles no se construyen de manera aislada, sino en red. Creciendo Juntos y Juntas acompañó procesos en los que mujeres productoras, recolectoras y consumidoras asumieron roles de liderazgo, tomaron decisiones colectivas y fortalecieron su voz en el territorio. De estas experiencias nacieron asociaciones, colectivos y redes que hoy son referentes de resiliencia y cooperación. Como expresó Jazmín, agricultora de Bellavista:
“Lo más valioso fue el aprendizaje práctico y el acompañamiento técnico, porque nos dejó herramientas que siguen vivas en nuestro trabajo y que nos ayudan a crecer como comunidad”
La organización es, en sí misma, un pilar del sistema alimentario: sin estructuras colectivas, los esfuerzos se fragmentan; con ellas, la sostenibilidad encuentra raíces firmes.
Los circuitos cortos de comercialización
Otro aporte está en los circuitos cortos de comercialización, esos espacios donde productoras y consumidoras se encuentran directamente, sin intermediaciones que muchas veces son injustas. Ferias, festivales, canastas solidarias y redes de abastecimiento fueron el rostro visible de esta conexión. Pero más allá de la venta, lo que se generó fue confianza, cercanía y educación alimentaria. Entre estos espacios se destacan los festivales Diversidad es Vida, que no solo se convirtieron en vitrinas para los productos agroecológicos, sino en verdaderas celebraciones de la cultura alimentaria local. Allí se cruzaron sabores, saberes y experiencias: hubo degustaciones, talleres de cocina, actividades artísticas y diálogos entre campo y ciudad que ayudaron a comprender que consumir de manera responsable es también un acto político y de cuidado colectivo. Natalia, de Ajayu del Paitití, lo explicó con claridad:
“El festival es un espacio muy lindo donde uno puede crecer como emprendimiento, compartir con otros y llegar a un público nuevo. La gente no solo conoce, también aprende y se interesa en productos naturales, agroecológicos y sanos; de esa forma el festival educa y conecta”.
Esta es una muestra de que la comercialización puede dejar de ser únicamente un intercambio económico y convertirse en un verdadero puente de aprendizaje y comunidad.
La educación alimentaria
Una cuarta dimensión está en la educación alimentaria. Los sistemas sostenibles no dependen únicamente de quienes producen, sino también de quienes consumen. En Creciendo Juntos y Juntas, las familias urbanas se involucraron activamente, no como receptoras pasivas, sino como actoras con capacidad de decisión. Talleres, canastas, recetarios y festivales les permitieron conocer nuevas formas de cocinar, de elegir y de valorar los alimentos. Roxana Roca lo describió así:
“Fue una experiencia fabulosa por la cantidad y calidad de los productos. Para muchas familias recibir la canasta fue un sueño y un alivio en un momento de escasez y precios altos. Lo más positivo fue contar con alimentos de calidad y la presencia de los y las productoras, que generó confianza y un encuentro humano directo”.
En sus palabras está la esencia de un sistema alimentario sostenible: la conexión humana que trasciende la transacción comercial.
Asimismo, la comunicación fue también una estrategia central, entendida como una herramienta poderosa para la apropiación y la construcción de identidad. A través de recetarios colectivos, fanzines, materiales gráficos y plataformas digitales se lograron visibilizar experiencias, compartir saberes y dejar un legado que trasciende el tiempo del proyecto.
Todas las actividades y estrategias no se limitaron a intervenir en una sola parte del sistema, sino que trabajó de manera integral: desde la producción hasta el consumo, desde la organización hasta la comunicación. Esa integralidad es la clave de su aporte. Porque un sistema alimentario sostenible no se logra únicamente sembrando distinto o consumiendo mejor, sino uniendo todas las piezas en un entramado coherente. Cada acción, cada aprendizaje, cada alianza se retroalimentó para dar lugar a un modelo replicable en otros territorios.
Las mujeres como motor de cambio
Sin duda, en ese modelo, las mujeres fueron protagonistas indiscutibles. No solo como productoras, sino como líderes, gestoras y educadoras alimentarias. Su voz atravesó todo el proceso y permitió dar sentido a las acciones. La experiencia demostró que sin equidad de género no hay sostenibilidad posible, porque son ellas quienes sostienen, innovan y transmiten saberes en los territorios. “En las capacitaciones aprendimos desde cambio climático hasta cómo incidir como consumidores. Todo tenía un sentido (…) fue la mejor decisión. Estoy motivada y quiero participar en todos los festivales posibles”, contó Mariela, voluntaria de Murcis de los Bosques (el equipo de voluntariado de Cosecha Colectiva). Su entusiasmo refleja que la sostenibilidad también es contagiosa cuando se convierte en experiencia vivida.
Los aportes de Creciendo Juntos y Juntas también dejan lecciones para mirar hacia adelante. Una de ellas es que los sistemas alimentarios sostenibles necesitan tiempo y continuidad. No se transforman en el corto plazo ni caben en el molde de un proyecto de pocos años. Requieren políticas públicas que los respalden, inversiones a largo plazo y, sobre todo, el compromiso de múltiples actores que asuman la alimentación como un derecho y una responsabilidad compartida. Otra lección es que la flexibilidad y la escucha activa son fundamentales: no hay recetas únicas, cada territorio demanda respeto por sus tiempos, culturas y saberes.
Al final, lo que emerge de esta experiencia no son solo resultados medibles, sino un espíritu colectivo que invita a imaginar y construir otra forma de alimentarnos. Un sistema donde los cultivos tradicionales vuelven a florecer, donde las mujeres fortalecen sus liderazgos, donde los y las consumidoras se convierten en ciudadanos activos, donde la comunicación es parte del cambio y donde la relación campo–ciudad se reinventa en clave de solidaridad y respeto.
“Cada año esperamos que haya festival; es un espacio que transmite paz. La conexión con la naturaleza contagia y transforma. Ojalá se hicieran más festivales al año”
dijo Elza, emprendedora. Esa sensación de paz y transformación sintetiza lo que significa avanzar hacia sistemas alimentarios sostenibles: no solo asegurar la comida en la mesa, sino construir comunidades más unidas, conscientes y resilientes.
Creciendo Juntos y Juntas nos recuerda que un sistema alimentario sostenible no es una utopía. Es una práctica que ya está ocurriendo, que se alimenta de la memoria de los pueblos, de la innovación colectiva y del compromiso con la vida. Lo que comenzó como un esfuerzo binacional hoy se proyecta como una inspiración para otros territorios, mostrando que la verdadera riqueza está en el vínculo entre las personas, la tierra y los alimentos que nos sostienen.
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