Por: Camila Rivero Lobo
Si nos ponemos a pensar, veremos que nuestras elecciones no siempre son por el valor nutricional:
- A veces elijo por precio.
- A veces por tiempo.
- A veces porque entrené y quiero algo que me ayude a recuperar.
- Y otras veces porque se me antoja.
Si tengo una condición médica o una alergia, eso se vuelve prioridad, si estoy preocupada por mi digestión, priorizo fibra, y si me importa el medioambiente, empiezo a mirar de dónde viene lo que como.
Pero sean cuales sean las prioridades que tienes en tu alimentación, siempre será importante que comiences a reflexionar y tomar decisiones conscientes sobre lo que comes, porque si tú no estás decidiendo qué comer, alguien más lo está haciendo por ti.
Medioambiente y alimentación: cuando el planeta también entra al plato
Hay algo que me parece fascinante: el cuerpo y el planeta comparten destino.
Si te interesa la alimentación y el medioambiente, seguramente has oído hablar de la dieta planetaria. Es un modelo alimentario diseñado para cuidar la salud humana y la salud del planeta al mismo tiempo. ¿Y qué propone este modelo? Más coherencia: más vegetales, legumbres, granos integrales y frutas; y, al mismo tiempo, menos carnes rojas y productos ultraprocesados.
Te dejo el enlace de la investigación que compara esta y otras dietas. Lo interesante es que, además de reducir el impacto ambiental, se ha asociado con mejores indicadores de salud física y con menor deterioro cognitivo a largo plazo.
Eso me gusta. Porque siempre es una buena noticia cuando la ciencia se pone de nuestro lado para mostrarnos que los caminos que debe seguir nuestra dieta y la sostenibilidad ambiental van de la mano.
Cuando elegimos alimentos locales y de temporada, muchas cosas se alinean:
- Se reduce transporte y emisiones.
- Se apoya la economía local.
- Se consumen productos en su mejor momento nutricional.
Los alimentos de temporada crecen cuando las condiciones climáticas son favorables. Eso reduce el uso de agroquímicos, que pueden alterar nuestra microbiota intestinal, y la microbiota está profundamente conectada con la inmunidad, el estado de ánimo e incluso procesos cognitivos. ¡Es decir que todos ganamos!
¿Y entonces qué significa escuchar el cuerpo?
Aquí viene una parte incómoda.
Porque tras estos nuevos discursos de “escucha a tu cuerpo” me siento tentada a decir: “escucho fuerte y claro a mi cuerpo y mi cuerpo pide una salchipapa con harta llajua.”
Y sí, el antojo es real. Pero también es cierto que los alimentos altos en grasa y azúcar activan sistemas de recompensa muy fuertes en el cerebro. Cuanto más frecuentes son, más intensos se vuelven esos deseos.
Cuando mi alimentación se basa principalmente en productos ultraprocesados, y con baja densidad nutricional, es muy probable que mis antojos se orienten hacia ese tipo de alimentos. En cambio, a medida que modifico lo que consumo de lo que como, comienzo a tener antojos por alimentos que le hacen bien a mi cuerpo.
Los alimentos ricos en grasas y azúcares son especialmente atractivos para nuestro organismo porque entregan energía rápida. Si ampliamos la mirada a la historia de la humanidad, veremos que durante millones de años este tipo de alimentos era escaso, por lo que, cuando aparecía, tenía sentido consumirlo en grandes cantidades. El problema es que hoy ese mismo mecanismo sigue funcionando igual, pero el contexto cambió por completo.
Escuchar el cuerpo nos da más información que hambre y saciedad. Y se encuentra al escuchar qué pasa después.
- ¿Cómo me siento una hora después?
- ¿Cómo duerme mi cuerpo después de un fin de semana de excesos?
- ¿Cómo cambia mi energía cuando aumento verduras y legumbres?
- ¿Cómo influye lo que como en mi humor?
Aun así, quisiera agregar que si tratamos de escuchar las señales de hambre y saciedad cuando existen patrones alimentarios o condiciones que influyen en estas respuestas, como la resistencia a la insulina o distintos desajustes hormonales y metabólicos, puede no sernos suficiente y tendremos que apoyarnos de otras herramientas.
¿Entonces la alimentación es solo sobre salud?
Y sí, pero el placer también es salud y comer también es un acto social.
Muchas de nuestras reuniones importantes giran en torno a la comida: celebramos con comida, consolamos con comida, conversamos mejor cuando compartimos un plato.
El placer tiene impacto fisiológico, disminuye cortisol, fortalece vínculos, mejora bienestar emocional y esto también es fundamental para el bienestar colectivo e individual. Integrar momentos donde comemos algo que nos encanta y se hace con conciencia, sin culpa y en compañía, tiene efectos positivos y también responde a una necesidad: la social.
Entonces, volviendo a lo práctico, aquí van unos tips que recogen lo que hablamos:
- Revisar mi salud física y las necesidades de mi cuerpo hoy: ¿tengo enfermedades, alergias o condiciones físicas que pueden mejorar si presto mayor atención a mi alimentación?
- Identificar qué priorizo en mi alimentación: salud, placer, practicidad, un presupuesto. Todo esto se puede considerar a la hora de decidir qué comer.
- Informarme sobre qué alimentos se adecúan a mis necesidades: ir a un nutricionista, leer artículos e informarnos sobre las recomendaciones para mis necesidades me permitirán tener más certeza sobre mi elección de alimentos. Pero recuerda: ¡es fundamental elegir fuentes confiables!
- Comenzar a prestar atención a mi cuerpo antes y después de comer: Esto permite acceder a un tipo de información que es muy difícil de obtener por otros medios. Podrás reconocer en qué horarios te resulta más fácil y agradable comer, qué preparaciones te hacen sentir mejor, cómo cambia tu digestión según lo que consumes y cómo responde tu nivel de energía.
Conocer lo que necesita tu cuerpo es una conversación continua y que está en constante cambio. Pero entender que tus necesidades son únicas y que tienes acceso directo para saber qué necesitas, es el primer paso para tomar decisiones conscientes.
Y recuerda ser muy amable con tus procesos y emociones incluso a la hora de comer y cocinar.
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